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Honduras: El golpe de las élites

 

JOSé LUIS SANZ / Revista Proceso


El pecado de Manuel Zelaya, el presidente de Honduras que fue derrocado el 28 de junio, no fue su pregonada intención de gobernar para los pobres ni las ilegalidades que le atribuyen sus adversarios. Voces de ambos bandos coinciden en que lo perdió su afán de confrontación con la élite política y empresarial de su país, pero sobre todo el intento de llamar a una asamblea constituyente, lo que suponía poner en riesgo el equilibrio cómplice negociado entre los dos principales partidos del país.

 TEGUCIGALPA.- El 25 de junio de 1975 un terrateniente de la región ganadera de Olancho y un destacamento militar detuvieron a 14 campesinos, sacerdotes y estudiantes que se dirigían a una manifestación sindical en Tegucigalpa. Los torturaron, asesinaron y sepultaron en un pozo que después cubrieron de tierra con tractores. El lugar preciso de la ejecución se llama Los Horcones, y el terrateniente era José Manuel Zelaya.

         Se trataba del padre de Manuel (Mel) Zelaya, a quien un grupo de soldados sacó de su cama y expulsó a Costa Rica el pasado domingo 28; el padre del presidente que ha sido depuesto porque, según él, quería acabar con los privilegios y gobernar para los más pobres de su país.

"Mel proviene de una de esas familias dominantes desde los tiempos coloniales, de las que les dijeron: este valle es tuyo con todos sus indios", dice el empresario Adolfo Facusse, amigo suyo y presidente de los industriales hondureños. Precisa: "Y la matanza de  Los Horcones es un pecado que él ha andado cargando aunque no sea suyo. Tal vez eso le ha creado más conciencia social".

Zelaya llegó a la política nacional en 1985 con cartas de cacique rural y en 2004 se hizo de la candidatura a la presidencia de la república por el Partido Liberal. No era el favorito, pero al año siguiente le ganó a Porfirio Lobo Sosa por estrecho margen en las elecciones con mayor abstencionismo de la historia de Honduras. La derecha celebró, como hace siempre desde 1981, año en que se restituyó la democracia en el país.

"En el fondo aquí lo que hay es un solo partido de derecha con dos banderas", dice Miguel Cálix, analista y exdirector de la fundación Friedrich Ebert en Honduras. Para él, las banderas liberal y nacional están condenadas a la alternancia y se complementaban por la vía del pacto.

Al respecto explica Omar Ribera, que hasta el día del golpe fue asesor del gabinete social de Zelaya: "Nunca hay una mayúscula diferencia entre las cúpulas de ambos partidos. Las tensiones son siempre internas".

Facussé trata de trasladar ese clima de concordia al mapa tradicional de las relaciones socioeconómicas en el país: "Ha habido siempre tranquilidad, mucha comunicación y diálogo. Sin contradicciones, sin extremos… Nunca hemos visto a los trabajadores como enemigos. Nacieron como aliados nuestros. Pero los polarizó Mel".

Este es un extracto del reportaje que publica la revista Proceso en su edición 1706 que empezó a circular este domingo 12 de julio.