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La influenza: juicio sumario a la indiferencia social

 

Editorial Revista Siempre!

 

Quienes conocen la historia y origen de las epidemias tendrán que ubicar la influenza porcina en la clasificación de enfermedades sociales que cambiarán el curso de la historia. Si no transforma el mundo o a una parte de él —como sucedió en Europa durante el siglo XIV con la aparición de la peste bubónica—, sí impactará y modificará de diferentes maneras la vida interna de México.

Lo hará por varias razones. Primero, porque —tal vez desde la Revolución— los mexicanos de todo el país han experimentado uno de los peores sentimientos colectivos que puede atacar a un pueblo: el MIEDO. En segundo término, porque ante la comunidad internacional México es el responsable de que se haya expandido un virus mortal que pudo haber sido detectado a tiempo para evitar decesos, y en tercer lugar, porque las consecuencias políticas, sociales y económicas de la epidemia pueden ser más profundas de lo que se espera.

Es cierto, las autoridades han reaccionado y hasta sobrereaccionado para controlar la influenza. Pero lo hicieron tarde y en la suma eso va a determinar el balance final. La directora del Instituto Nacional de Vigilancia Sanitaria de Francia lo dijo: “La manera en que se detectan los casos en Estados Unidos, en Canadá y en Europa es muy distinta a la manera como se detectan en México. La epidemia circuló desde hace varias semanas y sólo se detectó hace poco, cuando llegaron los casos más graves y los decesos.”

La gripe porcina desnudó el sistema de gobierno que tiene México. ¿Cuál democracia, qué justicia social, cuáles instituciones? Ante el mundo, las autoridades nacionales reaccionaron tarde. De forma suave lo dice y lo repite —no sin carga política— el jefe de Gobierno del Distrito Federal: “Apenas el jueves [23 de abril] nos avisaron que había un virus mortal en la ciudad de México”.

Aunque en el extranjero han comenzado a producirse también decesos, el índice de mortandad en México llama la atención. ¿Por qué, si hay medicamentos, los mexicanos se mueren?, se preguntan los científicos y también los corresponsales extranjeros. La respuesta no sólo está en la tardanza con que el paciente acude al médico. También y sobre todo en los índices negativos de crecimiento económico, en el aumento de la desnutrición, en la falta de servicios médicos, en la pobreza educativa. O para decirlo de una sola vez: en la injusticia. Punto.

Hace apenas una semana, los partidos de oposición en la Cámara de Diputados reprobaron las cuentas públicas de Vicente Fox. ¿Quién puede suponer que un país con cero crecimiento, disminución en la productividad, deterioro de la canasta básica, bajos salarios y desempleo, pueda prevenir e impedir que una enfermedad arrase a la población?

La aparición de la gripe porcina es un problema de fondo que debe obligar a revisar las entrañas de la nación. El origen de las epidemias es biológico, pero también económico y social. De acuerdo a la OCDE, la pobreza en México ha crecido tanto como en Haití. ¿Por qué no? Una gran parte de los recursos públicos son distraídos en guerras sucias electorales —como las de Martínez Cázares—; otro tanto en mantener el status quo de líderes y sindicatos corruptos como el SNTE; otros más en el improductivo gasto corriente; en los enormes subejercicios del gobierno federal que puso de moda Fox y que castigan la calidad de los servicios públicos.

¿Y la ciudad de México? La más poblada, a causa del desequilibrio que existe en el desarrollo nacional y también la más sucia y contaminada. Convertida gracias al señor Andrés Manuel López Obrador en un manifestódromo, en un trampolín político y caja registradora de las ambiciones políticas del PRD.

La síntesis es que el corazón político y financiero del país se encuentra enfermo de influenza.

¿Consecuencias?: una epidemia que está a punto de aislar internacionalmente el país. Los costos serán económicos, pero también en imagen, en confianza, en credibilidad. La calificación del país en materia de confiabilidad debe estar a punto de llegar al último lugar.
¿Qué sigue o qué debe seguir? En una democracia moderna esto debería llevar a la renuncia de los más altos funcionarios de la esfera pública. Aquí, sin embargo, todos se quedarán y se condecorarán entre sí. No tardan los spots en decir: “Enfrentamos con valor y responsabilidad la influenza”.

El juicio social será de otra naturaleza. Los mexicanos sienten que han sido puestos por las autoridades en la antesala de la muerte. En la mirada de cada hombre y mujer, de cada joven y anciano hay angustia, hay miedo, hay tristeza, soledad. Las pestes no son castigo divino, pero sí son la sanción de la naturaleza a los errores, excesos y omisiones del hombre.

La influenza ha desnudado y enjuiciado. Todo mexicano sabe que ha sido obligado a perder el sentido de su existencia. Por eso decimos que el rumbo de México puede cambiar.