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Lo que la guerra dice


Por SABINA BERMAN / Revista Proceso

Hace más de dos años ya, nos despertamos con la noticia de que este gobierno había decidido enfrentar frontalmente al narco. De inicio, los ciudadanos tuvimos más preguntas que respuestas sobre la guerra. Tantas preguntas, que yo sentí natural escribir un texto en este espacio formado con solo preguntas: 68 preguntas divididas en cuatro trozos, cada uno encabezado, también, por una pregunta. 

Las declaraciones de los miembros del gobierno, pero sobre todo de la Realidad, esa majestuosa y enorme cosa, han ido respondiendo a casi todas las preguntas. Y las respuestas son inquietantes. 

1. ¿Cómo se decidió esta guerra? Ahora sabemos que la decisión se tomó “en 30 días”, afirmación reciente del entonces secretario de Gobernación, Ramírez Acuña. ¿Por qué? “Pensamos que era apendicitis, y al abrir al paciente encontramos un cáncer extendido por todo el cuerpo”, ha dicho el presidente Calderón, refiriéndose a la información privilegiada a la que tuvo acceso en su cargo. ¿Pero se sabía de cierto cuántos eran los enemigos? “No. Es imposible que se pueda  saber cuántos” –de nuevo Ramírez Acuña, afirmando que hasta el día de hoy no existe el cálculo. ¿Y se sabía a qué grado estaban infiltradas por el narco las policías? “Eso se ha ido viendo” –de nuevo Ramírez Acuña. 

Se fue pues a la guerra sin conocer al enemigo y con una fuerza muy infiltrada. Como si Estados Unidos hubiera ido a derrocar al gobierno talibán de Afganistán con un ejército de talibanes. 

En cambio, se sabía que el Ejército mexicano se encontraba “en condiciones de mucha limpieza” (R.A. otra vez). ¿Entonces por qué se involucró –y se sigue involucrando– a las policías, que parecen ser la quinta columna del narco?   

2. Si la guerra es un último recurso, ¿qué otras estrategias se analizaron con seriedad antes de lanzar la guerra?  La discusión actual en el Congreso de la ley para incautar bienes al crimen organizado muestra a qué grado el Estado mexicano no aprovechó sus atribuciones antes de lanzar la guerra. Incautar los bienes del crimen organizado antes de la guerra lo hubiera debilitado de forma seria. Igualmente, la despenalización del uso de la mariguana, una droga recreativa que no causa adicción física, y que apenas ahora discute nuestra izquierda. 

También hubiera debilitado al narco lo que ahora reclama insistentemente la gobernadora de Zacatecas: el control de la importación de armas por nuestra frontera con Estados Unidos. Así mismo, el ataque frontal al secuestro y al robo, que son fuentes de financiamiento del narco, y los crímenes que –según consta en las encuestas– más dañan a la gente, mucho más que el tráfico de drogas. Finalmente, la sistemática destrucción de las redes económicas que el narco extiende por la sociedad lo hubieran dejado cojo y manco.  

Ahora puede afirmarse que esta guerra se decidió en un acto de valentía, pero no planificado. Y que prosigue sin que el gobierno haga uso de todas las herramientas de que dispone y que no implican la guerra frontal. 

3. A todo esto, ¿quién demonios es el enemigo? Según el spot más reiterado del sexenio, esta guerra se hace “para que la droga no llegue a las escuelas de tus hijos”. Ah, según eso, el enemigo son los distribuidores de la droga dentro del país, un grupo que se antoja pequeño y fácil de derrotar. No, el enemigo, según las declaraciones de los miembros del gabinete de seguridad, es el narco. Ah, toda la red que transporta, cultiva, procesa en laboratorios clandestinos, distribuye y vende la droga, en territorio nacional y extranjero. Un enemigo mucho más considerable. Falso otra vez: según los mismos declarantes, pero en otros días, el enemigo es todo el crimen organizado. 

Ahora los alcaldes de las ciudades de Guanajuato y de Culiacán agregan a la lista del Mal: los besos lujuriosos, la vulgaridad, la pornografía, las groserías. 

En fin, ironía aparte (por cierto que de los alcaldes, y no mía), estamos viviendo una cruzada contra el Mal en general. Una guerra contra un Mal difuso. Un Mal difundido en todos los niveles sociales. Un Mal donde caben sin jerarquía el vendedor en menudo de mariguana y el vendedor de la (esa sí) asesina “piedra” y el policía corrompido y el multimillonario y sanguinario capo y el brutal secuestrador. 

Por desgracia, una guerra con tantos frentes, o dicho mejor, con un frente desperdigado por todas partes; una guerra sin jerarquía de objetivos por razones de urgencia y/o de estrategia, es imposible ganarla, al menos a mediano plazo. Lo que lleva a otra pregunta:

4. ¿Cuál es el criterio para declarar ganada esta guerra y suspenderla? Esta es probablemente la pregunta que recibe una respuesta más inquietante. Corrijo: que recibe el manojo de respuestas más inquietante. Hasta tener controlada la operación de todo el narco. Hasta reinstaurar la gobernabilidad en donde ha desaparecido. Hasta disminuir a cifras de hace 20 años el secuestro y el robo. Cito respuestas que he recibido informalmente de miembros del gobierno –por eso no las atribuyo– y que delatan que no existe un criterio oficial, un criterio conocido por todo el aparato de gobierno y comunicado a la ciudadanía.   

5. ¿Y cuánto durará la guerra? “Más de un sexenio”, según Ramírez Acuña… bueno, si el siguiente presidente decide continuar una guerra así emprendida, lo que es improbable. 

6. Y, por fin, cabe una última pregunta: ¿No es ya tiempo de que este gobierno revise su plan de guerra? ¿De que defina con precisión quién es el enemigo; cuál es la jerarquía estratégica de los objetivos; cuál es el criterio para declarar ganada la guerra; y con qué recursos, aparte de las balas, cuenta para salir victorioso?