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No merecen nuestro sufragio. Voto nulo

 



La república. / Por Humberto Musacchio / Revista Siempre!

 

Es desconocido en México el debate electoral en torno a las plataformas de los partidos. Difícilmente un ciudadano común recordará qué dice el PAN sobre las relaciones internacionales, cuál es la postura del PRI en torno a los problemas de la vivienda y qué piensa el PRD sobre el cultivo de transgénicos.
Por supuesto, a nadie se le ocurriría preguntar la opinión de Convergencia sobre la eventual desaparición de la Contraloría ni le pediría al Panal que condenara el estado actual de la educación pública. Aunque valdría la pena, nadie preguntaría a los dirigentes del Partido del Trabajo desde cuándo no tienen que trabajar para ganarse la vida ni se nos ocurriría saber qué hace Pancho Cachondo en el PSD, que tiene como candidato al opulento defensor de la prostitución y del uso de la mujer como objeto.
Por supuesto, sólo una enorme ignorancia del electorado explica que el Partido Verde, expulsado de la Internacional de ese color por promover la pena de muerte, sea el más votado de los partidos minoritarios, lo que es un perfecto ejemplo de la inconsistencia del sufragio, que generalmente se otorga por razones que poco tienen que ver con la racionalidad.
Aquí y en todos lados, las elecciones expresan en elocuente medida la irracionalidad colectiva. Si la emisión del voto fuera la culminación de un proceso en que los ciudadanos escuchan a los partidos, se enteran de sus plataformas, discuten serenamente sus ideas y se forman un juicio informado, entonces estaríamos en la república de Platón o algo parecido. Pero no hay tal lugar.
A lo largo de los procesos electorales, y no sólo en la emisión del voto, se expresa en forma contundente y notoria la irracionalidad social, la misma que lleva a votar por un payaso como Vicente Fox, una medianía como Ernesto Zedillo o una nulidad como la presente.
En la desinformación tiene un papel determinante la televisión mercantil, que convierte en genio al imbécil y en honrado a Chucho el Roto. Por eso mismo, sorprende se extienda en la sociedad mexicana la percepción de que los ilustres desconocidos que andan por ahí como candidatos, sus partidos y los órganos electores no valen un cacahuate. Muy harta debe estar la ciudadanía, un gran sector de ella, por lo menos, para considerar que ningún partido merece que crucemos su emblema en la boleta y que lo mejor es anular el voto. Mucho debe ser el desprecio que merece esta clase política donde abundan los improvisados, los incapaces y los corruptos. Esos, no merecen nuestro voto.