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Pensamos que sí era una bomba: Carlos Corzo

 

 

 

 

 

 

Antonio Cerda Ardura / Revista Siempre!

 

José Marc Flores Pereira, el boliviano que el 9 de septiembre tomó por asalto un avión Boeing 737-800 de Aerómexico, amenazando con hacer estallar una bomba, y que posteriormente se entregó a las autoridades, podría recibir una condena de entre 3 y 20 años de prisión, según ha informado a fiscalía mexicana.

El sujeto está a resguardo en el Reclusorio Preventivo Varonil Oriente de la Ciudad de México, en donde afronta un proceso por los delitos de secuestro, sabotaje y ataque a las vías de comunicación.

En entrevista con Siempre!, el piloto Carlos Corzo, asesor-instructor y capitán 737 Nueva Generación, quien negoció con el atacante la liberación de los 120 pasajeros que venían en el vuelo Cancún-ciudad de México, afirma que nadie de la tripulación dudó nunca que este hombre tuviera una bomba. Incluso, dice, activó en un cronómetro la cuenta regresiva y “esperábamos un desenlace fatal”.

También indica que el aerosecuestrador debe recibir un castigo ejemplar.

 

Toda la prudencia

 

¿Cuál es la gran falla que permitió que un hombre lograra tomar por asalto un avión?

 

Se trató de una persona desequilibrada, pero cualquiera puede representar una amenaza similar en los aviones. No debo dudar cuando un pasajero afirma que tiene una bomba. Se le trata con la mayor prudencia para evitar un desenlace trágico. Este señor simuló que tenía un artefacto explosivo, que pudo haber armado después de pasar los filtros de seguridad del aeropuerto, en la sala de abordar o, incluso, en el mismo avión. También pudo evitar mostrarlo y presumir que tenía una bomba. Mi deber es nunca desestimar una amenaza y actuar con la premura, la prudencia, el profesionalismo y el sigilo necesarios para lograr que una aeronave llegue a tierra lo más pronto posible y con seguridad. Así que aunque no me hubiera enseñado el artefacto, que primero mostró a la sobrecargo, la prioridad era asegurar la integridad de la gente y de la cabina.

 

Entonces, es prácticamente imposible evitar un hecho de este tipo.

 

Es tan sencillo como que alguien llame a su revista y diga que ahí se ubica una bomba. Mientras eso no se comprueba, se va a implementar un dispositivo de seguridad, van a desalojar a todos y se va a tomar la amenaza con absoluta seriedad. En este caso, se trató de un transporte público federal, lo que nos obliga a tomar las medidas de seguridad adecuadas. A partir del 11 de septiembre de 2001 cambió la seguridad en la aviación y aún desde antes se tomaba en serio cualquier amenaza.

 

¿En qué momento supieron de la amenaza de una bomba?

 

Cincuenta minutos después del despegue en Cancún. Habíamos concluido el ascenso y estábamos nivelados a 40 mil pies sobre el Golfo de México. De inmediato tuvimos el apoyo del aeropuerto de la ciudad de México y no había necesidad de desviarnos, por ejemplo, a Veracruz o hacia cualquier otra terminal aérea. No le puedo revelar detalles de los procedimientos y sobre las señales electrónicas que usamos para informar a las autoridades lo que ocurría, pero desde el instante en que supimos que había una supuesta bomba, no habrá pasado ni medio minuto cuando ya estaban enteradas y se iniciaron acciones para lograr el aterrizaje lo antes posible. Parte de las operaciones aéreas se suspendieron para abrirnos paso. Una vez en tierra, el avión se ubicó en un área estéril, lo más lejos posible de edificios o de terceros, porque todos presumíamos que iba a estallar el artefacto.

 

¿Usted negoció con esta persona durante el vuelo?

 

No. Fue en tierra. Tras de que se cortaron los motores y frenó el avión, informé al capitán al mando, al cual yo estaba asesorando, que iba a abandonar la cabina para conversar con esta persona. Salí después de aseguramos de que nadie podía entrar a ese compartimiento mientras yo abría la puerta. La cabina tiene que mantenerse siempre sellada e integra, a salvo de cualquier posibilidad de que la aeronave pueda ser utilizada como proyectil, como ocurrió en las Torres Gemelas de Nueva York. Cuando salí, enteré a los pasajeros que estábamos en un procedimiento de seguridad especial. Durante el vuelo, procuramos que nadie, salvo la tripulación, supiera de la presunta bomba. Lógicamente, al ver todo el movimiento que había alrededor del avión, los pasajeros estaban inquietos y les pedí que se mantuvieran en calma y en sus asientos. Luego empecé a dialogar con este señor. Ya nos había hecho saber, por medio de la sobrecargo, que sobrevoláramos la Ciudad de México en siete ocasiones y que quería que se presentara en el aeropuerto el presidente Calderón. Le dijimos que era imposible volar como pedía, ya que el combustible que llevábamos era para viajar de Cancún al Distrito Federal y, en el caso de una emergencia, al aeropuerto alterno en Acapulco. Se convenció y accedió a que aterrizáramos para atender sus demandas. Ya estando con él, le informé que, por la investidura del señor Presidente, no era tan sencillo traerlo y le manifesté que era importante que tratara de reducir sus peticiones. El dijo que era imprescindible que los medios de comunicación escucharan su mensaje, en el que prevenía sobre un terremoto y supuestas catástrofes. Yo le respondí que era vital preservar la integridad de los pasajeros y que si en verdad era un hombre de Dios, como él decía, que permitiera alejarlos de la bomba que afirmaba traer en una maleta. Luego me puso a leer algunos versículos de la Biblia y creo que comencé a ganar su confianza, Logré hacer que todos los pasajeros se replegaran hacia el frente de la aeronave, y a él, que estaba en la fila número 30, lo conduje al otro extremo, hasta el Galley (la cocina del avión), pensando en que, si tenía una bomba, había que aislarlo del resto de la gente. Con la intención de comenzar a desahogar el avión, le pedí que me permitiera bajar a las mujeres y a los niños. Accedió y regresé a enterar al piloto, el comandante Ricardo Ríos, y a pedir que acercaran las escaleras. Después armé el tobogán para que las damas y las criaturas comenzaran a bajar. Ahí me di cuenta que esté señor no me tenía en contacto visual, porque estaba ligeramente metido en el Galley. Esto me dio oportunidad de intercalar a varios varones, para deshacerme del mayor número de gente posible. En algún momento él se asomó y detuve el desembarque para que no pensara que no acataba lo acordado. En total, quedaron 26 varones a bordo.

 

Redujo el riesgo lo más posible.

 

Ahora pienso que fue un logro haber bajado a 94 personas. Cuando regresé con este hombre, él alzaba los brazos y lloraba en actitud de plegaria. Le di tiempo para que terminara el rezo y luego abrió su maleta para mostrarme el supuesto dispositivo explosivo que ya le había enseñado a la sobrecargo. Eran dos piezas, quizás de las dimensiones de un ladrillo, enredadas en cinta metálica, que estaban interconectadas con alambre y llevaban un cronómetro y un foco azul y otro rojo que cintilaban.

 

Resultó, al final, que no era un explosivo.

 

¡Gracias a Dios que no era una bomba! Es más: según lo pude apreciar después, cuando los expertos de la AFI se llevaron el artefacto y lo pasaron ante los perros detectores de explosivos, aún habiéndolo observado lo trataron con la máxima delicadeza para intentar detonarlo. Una vez que lo desarmaron, porque no explotó, se dieron cuenta de que estaba hecho con materiales como latas de jugo. Pero en el primer momento en que vi el objeto, presentaba todas las características de una bomba. Este sujeto me dijo textualmente: “Ya estoy listo para morir con ustedes”. Cerca de él permanecíamos sólo dos sobrecargos y yo, y entonces tomó el cronómetro y lo puso en cuenta regresiva, a partir de 2 minutos con 32 segundos. En ese momento creí que venía un desenlace fatal, así que les manifesté a mis compañeras, que estaban en el empenaje (la cola del avión), que su responsabilidad ya había terminado y les ordené que se marcharan hacia frente de la nave. Yo traté de hacer lo mismo, pero el tipo me detuvo para recordarme su mensaje, del que, dijo, era tan importante que no importaba dar la vida. Impulsivamente yo empecé a contar 59, 58. 57… Cuando llegué a cero, decidí replegarme y le indiqué que tenía que ir a la cabina. Ya ahí, le dije al capitán que, según mis cuentas, faltaba un minuto para que todo acabara. Pasaron tres o cuatro minutos y, como no hubo explosión, regresé a conversar con el sujeto. Le expuse que ya había captado la atención y que como su mensaje había llegado prácticamente a todo el mundo, era hora de desembarcar. El había ya había cambiado de solicitudes: ya no quería al Presidente, sino a un militar, uniformado y con credenciales, junto con un vehículo, y que los medios de comunicación estuvieran representados por damas. Nada de eso habíamos logrado: estaban la Marina, la AFI, los bomberos, pero no había ni rastro del militar. Logré convencerlo de que bajará del avión. Descendimos juntos por la escalera trasera izquierda, caminamos hasta un camión de bomberos y ahí lo entregué a los medios de comunicación, que, supongo, eran gente de Gobernación. Antes de volver al avión, señalé que esa era la persona que había amenazado el vuelo y que, a mi entender, suponía que era la única.

 

¿Nunca tuvo sospechas de que había cómplices?

 

Con base en los procedimientos, siempre se debe pensar que hay cómplices. El había dicho que viajaba con tres personas, pero la forma de actuar de los pasajeros me demostró que no había tales. Cuando regresé al avión, le informé al capitán que las 26 personas que quedaban podían bajar y, como nadie se opuso, la lógica indica que no había más. Descendieron por el tobogán de la parte delantera y ahí los esperaban los agentes de la AFI. Desde que yo salí de la cabina, hasta que terminó el problema, pasaron aproximadamente 50 minutos. Esto le puede dar una idea de la magnitud de la que fue el problema.

 

¿En algún momento este señor demostró alguna intención política?

 

Yo no sé de política ni de psicología y sólo actué con base en los manuales y procedimientos. En esos momentos no me puse a pensar ni quién o qué era este señor. Ahora tengo alguna vaga idea, pero me resulta muy confusa, puesto que lo he visto en videos manejar chacos, armas, rezar, cantar…

Tiene una personalidad algo compleja.

Mucho muy compleja. Primero guardaba una gran tranquilidad, luego rezó y lloró, así que no me imagino su perfil.

 

¿Sólo le expresó su preocupación sobre un terremoto?

 

El nada más quería dar un mensaje divino y una de sus mayores inquietudes era que yo leyera la Biblia. Por mi parte, intenté mantener el contacto con sus ojos para que me estuviera mirando y no pensara en hacer estallar la supuesta bomba.


Castigo ejemplar

 

¿Qué podría recomendar para evitar estos episodios en el futuro?

 

Como ciudadano, no como capitán ni mucho menos como representante de la industria de la aviación, yo pensaría en que esto sea usado como un ejemplo de mano dura para que alguien que quisiera llamar la atención de esta forma lo pensara dos o tres veces. Se debe demostrar, de manera verdaderamente ejemplar, que México no está dispuesto a permitir este tipo de acciones,

 

¿Habla de la aplicación de toda la fuerza del Estado?

 

Así es. Y hasta de no prestarle tanta atención a este tipo de personas. El quería llamar la atención y lo logró, pero yo le hubiera cerrado la cortina para que su mensaje no pasara más allá del hecho y del evento. No había por qué permitirle que sintiera que se salió con la suya. Hay que ser radical y determinante para hacer que se cumpla con la normatividad y la ley.