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PRI: que el triunfo no se convierta en derrota

 

Editorial Revista Siempre!

El PRI tiene un primer compromiso con la inteligencia: no convertir en derrota el arrollador triunfo electoral que obtuvo el 5 de julio. Para ello va a necesitar, cuando menos, de dos cosas. Primero, de humildad, y después, de la visión necesaria para construir e impulsar desde el Congreso el modelo económico, político y social que permita sustituir el Estado fallido por uno moderno.

Los resultados del domingo pueden resumirse en una palabra: ironía. El electorado sacó en el 2000 al PRI de Los Pinos por considerar que el PAN estaba más capacitado para hacer el cambio, y hoy, a nueve años de distancia, el partido más antiguo de México, acusado de autoritario y anacrónico por sus adversarios, llega a la Cámara de Diputados con un mandato histórico para hacer lo que Acción Nacional no pudo en nueve años: poner las bases de la transición democrática.

La humildad del PRI tendría que cifrarse en una lectura correcta del triunfo. No es ociosa hacer la pregunta: ¿por qué ganó como ganó? ¿Por tratarse de un partido notoriamente renovado o como consecuencia de que el electorado decidió castigar a Felipe Calderón y a su gobierno? ¿Gracias al trabajo de la militancia y el papel de los gobernadores en los estados o como producto de la crisis y división en partidos como el PRD? ¿Como reacción natural a la crisis económica o porque el Revolucionario Institucional hizo propuestas claras y contundentes para contener la recesión? Podrían hacerse varias preguntas más, sin embargo, tener las respuestas correctas es fundamental para que el PRI se sitúe en la realidad.

Ni el triunfalismo ni el autoengaño serían la fórmula para que ese partido recupere la Presidencia de la República. O para decirlo de otra forma: ganar la elección intermedia no es un pase en automático al 2012 y menos ahora cuando el electorado no apartará la mirada de un partido al que todavía no le tiene plena confianza. Esta es simple y sencillamente una prueba, una oportunidad y no un cheque en blanco.

Quienes votaron por él no lo hicieron por la tecnocracia ahí incrustada, sino por ese PRI que aún cree en la justicia social. Que no se equivoquen los priístas. Si intentan construir una agenda legislativa privatizadora, que favorezca únicamente a la clase empresarial —como muchas veces sucede— y no a la mayoría de la población, la LXI Legislatura en lugar de funcionar como un trampolín para recuperar la presidencia se convertirá en una sepultura.

En el berrinche que hizo el ex dirigente del PAN, Germán Martínez Cázares, lo dijo: el PRI ganó porque recibió los votos del PRD. Es decir, obtuvo los votos de un electorado decepcionado con una posición socialista que entró en crisis de liderazgo y que hoy busca encontrar en el tricolor las respuestas a las grandes demandas sociales de una población cada vez más pobre.

El 5 de julio se castigó a Calderón por la pobreza, el desempleo, la violencia y la inseguridad generados por su gobierno, pero también por la falta de esperanza. No la esperanza de Andrés Manuel López Obrador, eminentemente demagógica, sino la que se construye a partir de reformas estructurales y políticas públicas.

El PAN no ha podido digerir el poder y el PRI haría mal en entrar en un estado de éxtasis. Los tres años que faltan para que termine el sexenio es la única oportunidad que tiene, no sólo el PRI, sino el país para construir las bases de un modelo de nación más justo y con posibilidades de desarrollo y progreso. Si el PRI no logra, en correlación con las demás fuerzas políticas, poner los cimientos de la modernización institucional, lo que sigue puede no tener nombre. Es difícil predecir, incluso, el futuro cercano de Calderón.

Queda en manos del PRI —con mayoría en la Cámara de Diputados, gubernaturas y alcaldías— una responsabilidad histórica que definirá el futuro mediato e inmediato de México. De ese tamaño es el desafío. Que el triunfo, entonces, no se convierta en derrota.