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Raquenel, la abogada del narco

 

Por RICARDO RAVELO / Revista Proceso


Polémica, consciente de que al ejercer su profesión desafiaba la muerte que finalmente la alcanzó el pasado 9 de agosto, la abogada Silvía Raquenel Villanueva Fraustro se sobreponía al miedo de las amenazas porque estaba segura de que "Dios me cuida y me protege". Sus orígenes, su perfil, son elaborados por Ricardo  Ravelo, reportero de Proceso, en su libro Los Narcoabogados, publicado en 2006. 

 

A continuación reproducimos los capítulos Juegos del destino y La abogada del narco.

 

MÉXICO D.F., 14 de agosto (apro).- A finales de los años setenta y principios de los ochenta, Raquenel Villanueva pasaba largas horas frente a una vieja máquina de escribir, en una fría oficina de burócratas. Por aquellos años, cuando vivía sin temores ni miedos, se ganaba la vida como secretaria en la Dirección de Catastro de la Tesorería del Gobierno de Nuevo León.

 

Después de fracasar en sus intentos por estudiar química, parecía que había encontrado un trabajo estable para ayudar a sus padres. Ella era la segunda hija de una familia de seis hermanos. Su padre era un empleado del Banco Rural del Golfo, de tal suerte que el camino a seguir por aquella inquieta mujer de 26 años sería una carrera comercial.

 

Sus estudios se habían truncado debido a que llegó a Monterrey proveniente de Saltillo, Coahuila, en plena etapa de exámenes. En aquel tiempo, maestros y directores de escuela le daban preferencia a los estudiantes locales, por lo que Raquenel quedo fuera de toda posibilidad de continuar estudiando en ese entonces.

 

Ya como secretaria, su temperamento pronto se empezó a mostrar entre sus compañeras de trabajo. No permitía injusticias y era exigente en el respeto de los derechos laborales de los trabajadores. Tal como es actualmente, peleaba hasta alcanzar sus objetivos. En el sexenio del gobernador Pedro Zorrilla, Raquenel organizó a sus amigas y cerraron filas en un propósito: conseguir que el gobierno estatal les pagara una semana inglesa, dos meses de aguinaldo y otras prestaciones que les habían sido negadas.

 

–Vamos a armar un desmadre si nos niegan nuestros derechos—decía Raquenel encolerizada, quien se ya se aprestaba a realizar un paro de labores. Si no les hacían caso, tomarían el palacio de gobierno.

 

–Nosotras te seguimos, tienes todo nuestro apoyo– le dijeron sus seguidoras, resultas a no doblegarse.

 

Para lograr tal fin, tres mujeres encabezadas por Raquenel paralizaron por más de cuatro horas el funcionamiento de la Tesorería. De pronto en aquella ruidosa oficina se detuvo el tableteo de las máquinas de escribir; fueron cerradas las ventanillas y desaparecieron los empleados, quienes se habían declarado prácticamente en huelga con aquel movimiento de "manos caídas". Todo aquello derivó en un verdadero caos, cuyo escándalo llegó hasta la oficina del gobernador.

 

Ante la falta de atención en la Tesorería, y la imposibilidad de realizar sus pagos y trámites, la gente apiñada alrededor de aquellas oficinas estaba molesta por los retrasos que les estaba causando el paro laboral.

 

En la secretaría de Gobierno hubo alarma. Los funcionarios de entonces no daban crédito a lo que habían hecho Raquenel y sus compañeras de trabajo.

 

–Hay que arreglar este desmadre ahorita –fue la orden de un alto funcionario del gobierno del estado, quien envió a un negociador para poner fin al desbarajuste.

 

Después de algunas negociaciones en las que salieron favorecidas, las tres mujeres levantaron el movimiento y, más tarde, todo regresó a la normalidad.

 

Hacía 1976, Raquenel Villanueva parecía haberse cansado de ganarse la vida sentada en un escritorio de burócrata. Algunos amigos y familiares la alentaron para que siguiera estudiando. Coincidentemente, se enteró de que el gobernador Alfonso Martínez Domínguez –el autor, años atrás, de lo que se conoce como El halconazo de junio de 1971—había creado un fondo para otorgar becas de apoyo a los trabajadores del gobierno del estado que no habían terminado sus estudios o querían seguir estudiando incluso una carrera. Dichos recursos se canalizaron a través del sindicato que agremiaba a los empleados. Raquenel fue una de las empleadas beneficiadas. 

 

Con el respaldo gubernamental, aquella mujer de poco más de 20 años concluyo su preparatoria. Luego atendiendo el llamado de una voz interior, tomó la ruta que más tarde revolucionaría su vida; la abogacía. A pesar de enfrentar algunos tropiezos, Raquenel Villanueva no cejó en su intento de convertirse en abogada. No terminó la carrera inmediatamente. Un alud de circunstancias parecían desviarla del camino, pero finalmente se graduó como licenciada en derecho en 1983. Entonces tenía 29 años.

 

Martínez Domínguez, uno de sus principales impulsores, alcanzó a recomendar a Raquenel con el procurador General de Justicia del estado, Rubén Sara Rocha, de quien se convirtió en auxiliar. Posteriormente trabajó con el magistrado Luis Arturo Ayala Rodríguez, donde le fue bien económicamente, y más tarde se ocupó, como escribana (actuario), de la Cuarta Sala Penal, donde se ganó enemistades de magistrados y jueces, pues la veían como una mujer (muy peleonera".

 

En este último oficio, su carácter y la forma violenta de expresar sus desacuerdos la inmiscuyeron en pleitos y varios conflictos. Por no aceptar los términos de una sentencia que ella consideraba injusta, denunció a varios jueces ante el gobernador Alfonso Martínez Domínguez. Encolerizada, irrumpió en sus oficinas de Palacio de Gobierno y a gritos le recriminó por qué estaba solapando la corrupción en el Poder Judicial. El gobernador se quedó atónito. Un verdadero huracán de reclamos había descargado toda su furia en su contra. Sin titubear, el mandatario tomó el teléfono y no tuvo más remedio que girar una orden; sacar a aquella mujer de su despacho. Enseguida, un grupo de seguridad prácticamente tuvo que tomar en vilo aquel cuerpo tembloroso que se retorcía de coraje.

 

                                                II

 

La abogada del narco

 

Amiga de narcotraficantes, defensora de personajes del llamado "bajo mundo" de la delincuencia, Silvia Raquenel Villanueva Fraustro saltó a la fama sin haberse trazado tal propósito. Nunca pensó ser nota de primera plana, y mucho menos cruzó por su mente que algún día su foto sería desplegada a todo color en la prensa nacional, en un momento crucial de su vida; cuando su cuerpo, exhausto, se desplomaba herido por las balas.

 

Durante sus primeros veinticinco años, su vida giraba en otro eje, distante de esos momentos trágicos. El destino, sin embargo, con sus interminables juegos malabáricos, le tenía preparada una emboscada. Cuando parecía destinada a pasar largos años frente a una máquina de escribir, un inesperado golpe del azar sacudió su entorno y fue impulsada al agitado mundo de la abogacía. Desde hace cinco lustros, La abogada de hierro, como le llaman, está inmersa en esa vorágine, transformada a cada instante en un pedazo de vida lleno de tensión, que no conoce el reposo si de pelear en un tribunal se trata.

 

Esta mujer locuaz, nacida el 26 de junio de 1953 en Monterrey, Nuevo León, es quizá la abogada más publicitada por la prensa mexicana. Con sólo mencionar su nombre se activa el proyector mental y saltan, una tras otra, las imágenes de una parte de su vida; la que corresponde a sus segundos 25 años, los cuales están saturados de escándalos relacionados con asesinatos, dólares, droga, tiroteos y venganzas. Tiene una fama bien ganada y su historia podría ser parte de un guión cinematográfico o de una novela policíaca que, sin duda, mantendrían al público en permanente tensión y crisparía los nervios del individuo más equilibrado.

 

En su gremio –ese mundo de golpes bajos y de corrupción en el que se mueven algunos litigantes del narcotráfico—no existe otro abogado que, como ella, haya sobrevivido a cuatro atentados con armas de alto poder y que, pese a su caos interior, aún disponga de valor para seguir enfrentando múltiples enredos legales en los tribunales del país, donde se desenvuelve con seguridad y destreza, como un combatiente en campo. A veces es explosiva y gritona. Vive las fases procesales de un juicio en completa tensión. Por momentos las cuerdas de sus ánimos llegan al máximo estiramiento y al límite de su resistencia.

 

Como si fuera una principiante que no mide ni calcula sus limites –sólo ella conoce sus estrategias—Raquenel grita, se enoja; le mienta la madre a los jueces, saca de balance a los rivales; le rompe el esquema a los impartidotes de justicia, manotea, avienta papeles, golpea los escritorios… Con esa fuerza incontenible puede incendiar un juzgado, poner fin a una diligencia y salir con ventaja de una audiencia prolongada, porque ha logrado su propósito: invertir los papeles y favorecer a su cliente. Este signo de valentía, nadie lo duda, proviene de la fuerza volcánica de su explosivo carácter, cuyos resortes internos se disparan ante la menor provocación exterior. 

 

Este sello, que la caracteriza desde la niñez, y que se afianzó en la adolescencia y en buena parte de su juventud, ha sido la causa de diversas polémicas; muchos de sus clientes creen tener en Raquenel a una auténtica defensora que no se doblará ni con varios "cañonazos de dólares". Les proyecta confianza, seguridad y fuerza interior para no desfallecer aún cuando el caso esté perdido o algún juez se apreste a dictar un sentencia de 50 años. Pero al mismo tiempo, esos rasgos de su personalidad le han atraído enemigos, muchos de ellos colegas suyos o jueces federales, quienes la ven con rechazo. Por eso le llaman El terror de los tribunales.

 

Y es que el de Raquenel parece ser un mundo aparte, con su drama y su explosividad. La terquedad que la puede sostener de pie largas horas en un juicio, es una cualidad y al mismo tiempo un defecto. En esta época de libertades, se ha empeñado en demostrar que, en un mundo machista, las mujeres también pueden ganar casos difíciles, enfrentarse a las balas, a la muerte, y salir bien libradas de todos los peligros, juegos y trampas del destino. Trae a cuestas la misión de una venganza histórica y sólo éste, y no otro, es su momento para actuar.

 

Pero en el mundo de la mafia (al que no llegó por decisión propia sino por el encuentro casual con un capo) su condición de mujer no ha sido un blindaje suficiente para que los gatilleros del narco se detengan y no disparen sus armas. Al contrario, dentro de esa ley, las reglas de matar no distinguen sexo; sus enemigos la han atacado con la misma saña que pueden sentir contra cualquier otro rival que pretende arrebatarles el negocio y apoderarse de un ansiado botín.

 

En cada uno de los cuatro atentados que ha sufrido, las lecturas son  claras: no fueron avisos, le tiraron a matar y no con armas de bajo poder, sino con rifles R.15 y pistolas .9 milímetros. Los proyectiles penetraron su cuerpo, dejándola desvanecida y en el piso inundado de sangre. En ese momento, nadie dudaba que estaba muerta, que se había logrado, por fin, el objetivo de asesinarla. Pero haber sobrevivido a estos embates del narcotráfico es precisamente parte del origen de su misterio y de la fama que como una sombra la acompañan por todas partes.

 

Raquenel ya no puede quitarse ese velo de sospecha y misterio que la envuelven desde su primer atentado, en mayo de 1998; por el contrario; a donde va o se para carga con su historia y, sin darse cuenta, suele proyectar una estela de peligro y nerviosismo que por momentos se convierte en miedo.

 

"Dios me cuida y me protege", suele decir ahora que su fe y sus creencias parecen más firmes; pero cuando se está cerca de ella en la mesa de un café, dialogando en aparente calma, no se puede dejar de pensar, o de fantasear, que en cualquier momento se soltarán las ráfagas de metralletas; que la han venido siguiendo desde horas antes y que alguien llegará sorpresivamente hasta ese sitio para matarla.

 

Y es que tales imágenes se desatan en cadena porque ése es el modus operando de los sicarios del narco; y de esa misma forma, al menos en dos ocasiones, pretendieron asesinarla. Los narcos no miden las consecuencias de sus actos; llegan a un lugar sin avisar y abren fuego contra el enemigo localizado desde la distancia. Y en ese instante, cuando los depósitos de adrenalina se vacían, el gatillero no razona. Sólo actúa como un autómata programado para matar.

 


"No venga… La quieren matar"


Por RICARDO RAVELO / Revista Proceso
 

La penalista Silvia Raquenel Villanueva, victimada por sicarios el domingo 9 en Monterrey, solía decir: "Yo no defiendo narcotraficantes… Esos no necesitan abogados…tienen a sus generales y a sus coroneles". Y sentenciaba: "Los presos que represento son la carne de cañón, la gente que les sirve, los empleados, los burreros…" 

 

Por lo menos tres meses antes del asesinato de Silvia Raquenel Villanueva, un reo del penal de Topo Chico, ubicado en Monterrey, Nuevo León, le envió varios avisos para que reforzara su seguridad porque sabía que "un capo muy poderoso" pretendía liquidarla.

 

         "No venga a Monterrey. Haga caso, licenciada, porque la quieren matar, le insistió el preso", refiere a Proceso una fuente cercana a la litigante y quien pidió que su identidad se mantuviera en reserva.

 

         Ante esas advertencias, la abogada inició gestiones para que le pusieran más guardaespaldas de los que le brindaban protección desde hacía varios años. Los escoltas le habían sido asignados por órdenes del extinto José Luis Santiago Vasconcelos, cuando era titular de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO). Este funcionario mantuvo estrechos vínculos con la litigante desde 1996, cuando el capo Juan García Ábrego fue capturado y extraditado. Según se pudo averiguar, oficialmente nunca hubo respuesta a la solicitud de que se reforzara la seguridad de Villanueva.

 

         La penalista continuó con sus actividades habituales en medio del vértigo al que estaba acostumbrada. Incluso se reía de las amenazas que recibía: "A mí me cuida la maña", decía con sorna, para luego soltar una andanada de críticas contra funcionarios de la SIEDO, a quienes calificaba de "mugrosos" por su reiterada práctica de "manipular a los testigos protegidos" para incriminar a personas que, según ella, eran inocentes.

 

         Su trabajo abarcaba casi toda la república. Viajaba a Tamaulipas, territorio de Los Zetas. También se le veía en tribunales de Jalisco y Sinaloa, feudo de Joaquín El Chapo Guzmán. En el Distrito Federal defendía a policías y expolicías federales presuntamente implicados en casos de narcotráfico y secuestros.

 

Iba a Chiapas, y en los últimos siete meses, los más agitados por el trabajo y las presiones que enfrentaba, con frecuencia se trasladaba a Tepic, Nayarit, donde tenía a su cargo la defensa de Javier Herrera Valles, excoordinador Regional de la Policía Federal a quien la Procuraduría General de la República (PGR) acusa de recibir pagos del narco a cambio de protección.

 

Este caso le preocupaba mucho, comentó con uno de sus clientes, pues consideraba que era inminente la liberación de Herrera, lo cual podría acarrear represalias por parte del titular de la Secretaría de Seguridad Pública, Genaro García Luna, con quien Herrera se confrontó cuando le dijo que altos mandos policiacos estaban coludidos con el crimen organizado.

 

A pesar de que en cuatro ocasiones atentaron contra su vida, afirmaba que no tenía problemas con los narcotraficantes. Y decía: "Mis respetos para los narcos porque con ellos nunca he tenido broncas. Mis problemas han sido por la corrupción que impera en los altos niveles del gobierno federal, entre los funcionarios responsables de combatir el narcotráfico".

 

Este es un extracto del reportaje que pulica la revista Proceso en su edición 1711 que empezó a circular este domingo 16 de agosto.