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Secuestrados: Un viaje a los abismos

 

JULIO SCHERER GARCíA / Semanario Proceso
 

En Secuestrados, Julio Scherer García se asoma a la profundidad de los abismos, los propios y los ajenos. Nada como el secuestro, efímero o prolongado, para probar el sabor de la muerte que nos abraza o de la impotencia que encarcela nuestra rabia. De nuevo, Scherer García recurre a la terca memoria y recuerda plagios que han estremecido su vida: el de su hijo, el de amigos cercanos, el del propio fundador de Proceso…  Reportero incansable, inagotables su imaginación y su pasión periodísticas, el autor recopila historias cercanas y lejanas, abre expedientes, explora el mundo de secuestradores y secuestrados,  evoca momentos emotivos  de personajes célebres o apenas conocidos, y ofrece a sus lectores un cuadro más del México de hoy en el estilo realista al que nos tiene acostumbrados. El libro, editado con el sello de Grijalbo  por Random House Mondadori, empieza a circular en estos días  en todo el país. 

 

Fernando Martínez Juárez cuenta que su hija, Angélica, lo llamó una madrugada de noviembre del 2001. Des­compuesta la voz, anegada en llanto, le informó de su secuestro y le pasó el celular a uno de sus captores. Éste confirmó el plagio. "Nos hicimos de palabras —refiere el padre—. Le dije que si tocaba a mi hija era hombre muer­to. Me insultó y dejó muy claro que era él quien daba las órdenes. 

 

"Llamó veintinueve horas después. Exigió 2 millones y medio de pesos. ‘Júntale, hijo de tu…’, y cortó la comu­nicación. 

 

"Al día siguiente, entre injurias, me preguntó cuánto dinero había reunido. ‘Setecientos mil’, le dije. La res­puesta fue obscena y me advirtió que no aceptaría inter­mediarios entre nosotros. Sólo hablaría con Roque y, de no escuchar ese nombre, debería colgar. 

 

"Puse en venta cuanto tenía, contraje deudas hasta el límite de mi capacidad, millón y medio. Roque se animó: ‘Júntale, júntale aunque te tardes, no importa’. Le rogué que concluyéramos la negociación cuanto antes. Mi hija padecía claustrofobia y yo temía reacciones que pudieran desquiciarla para siempre. 

 

"Recuerdo un jueves. El negociador me advirtió que, de no contar con más dinero el viernes, tendríamos que esperar a la siguiente semana. Ni él ni su grupo traba­jaban sábados ni domingos. Respondí que remataría mi casa por lo que fuera y que podríamos comunicarnos el viernes al mediodía. Me dijo que ya no había tiempo. 

 

"A las once de la noche del viernes reuní milagrosa­mente los 2 millones y medio que me devolverían a mi hija. Siguieron trámites. Debería viajar en un Volkswa­gen sedán blanco. Los billetes los apretaría en fajillas de 10 mil, envueltas por separado en papel de estaño. Conduciría solo. 

 

"Respondí que no podía manejar, recién operado como me encontraba. Autorizó la compañía de mi yer­no, Daniel Gudiño. Ya rebasábamos la una de la madru­gada del sábado. Siendo tan tarde, le hablé a Roque del peligro que significaba viajar con tantísimo dinero. Al amparo de la soledad, las calles vacías, cualquiera podría asaltarnos. ‘No te preocupes —respondió tranquilo—. Las patrullas de Seguridad Pública trabajan para noso­tros. Tendremos escoltas.’ 

 

"Iniciamos nuestro recorrido en Río Churubusco, a la altura de Tezontle, de ahí a Río Frío. Luego fuimos por Bulevar Aeropuerto y todo Circuito Interior hasta Insurgentes, por Indios Verdes. Al llegar a una gasolinera se nos emparejaron dos vehículos del estado de México. 

 

"Arrancamos, ahora escoltados también por un Ford Falcon rojo, de los viejos, y dos sujetos a bordo. Al Volkswagen viejo en el que viajaba con mi yerno no le prendía una de las calaveras. El resguardo cri­minal que nos amparaba pasaría por alto esa infracción y lo que fuera. 

 

"Durante el trayecto conocí al verdadero Roque. Se trataba de Juan Carlos García Montante. Ordenaba: "Tomen la carretera México-Pachuca hasta un letrero de cerveza Sol y luego por un retorno a la izquierda y ense­guida a la derecha hasta la parte más alta del cerro de San Juan Ixhuatepec". Al llegar a la calle Gaviotas veríamos un fantasma en forma de triángulo. Era la señal, la última. Ahí, la voz definitiva: ‘Dejas el dinero y te pelas’. 

 

"Luego: ‘Ya cumpliste. Sólo queda contar el dinero y soltamos a tu hija’. 

 

"Al amanecer, en un taxi, llegó mi hija a la casa. Lloré al escucharla. Gualberto Iván Berdejo Flon, uno de sus captores, la golpeaba con los puños y animaba a los demás para que también le pegaran. Un día le quemó la cadera izquierda con un objeto ardiente. Por la cicatriz que le dejó el fuego, sabría que le había plantado una plancha al rojo vivo. El propio Berdejo Flon la obligó a desnudarse para humillarla. Por horas y horas no la tocaba y luego se lanzaba contra ella. Se burlaba de su víctima y la obligaba a inflar los cachetes. Hinchados, le tronaba las mejillas."

Este es un pequeño extracto del nuevo libro de Julio Scherer, que publica la revista Proceso en su edición 1712 que empezó a circular este domingo 23 de agosto.