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Tercer Informe: el sexenio está muerto

 

 

Editorial Revista Siempre!
 

El presidente Felipe Calderón ha propuesto hacer diez ambiciosas reformas económicas, administrativas, políticas y sociales, en tres años de gobierno para cambiar el país. A España, después de la muerte de Franco, le llevó más de una década pasar de una dictadura a una democracia. China logró convertirse en un sistema mitad comunista y mitad capitalista —después de la desaparición de Mao Tse Tung— en tres décadas. La Unión Soviética lleva diecinueve años tratando de consolidar su entrada a un régimen de libre mercado sin tener mucho éxito. Es decir, el primer cálculo de Calderón carece de realismo.

 

La segunda errata —si se trata de hacer decálogos— está en el timing político, en el anacronismo de la propuesta. El contenido del Tercer Informe debió haberse presentado desde el 1 de septiembre del 2006 —cuando su partido era primera fuerza en la Cámara— y no cuando el sexenio, por muchas razones, está muerto. 

 

Otro error de cálculo consiste en pretender ser, hasta ahora, un conciliador cuando las más de las veces ha sido autor de la crispación nacional. Es difícil que los partidos de oposición tengan voluntad y confianza en la convocatoria presidencial, cuando no hace mucho fueron acusados —por el “vocero” Martínez Cázares— de ser narcotraficantes. Una imprecisión adicional y tal vez la más importante es que Calderón invita al cambio cuando políticamente está más debilitado. La derrota del PAN en las pasadas elecciones intermedias —que actuaron como referéndum— descalificaron la actuación del gobierno y dejaron al Presidente de la República sin mayoría en el Congreso. 

 

Es decir, Calderón carece del liderazgo y del perfil necesarios para encabezar un “cambio de fondo”. El mensaje que envió la televisión no era auténtico sino virtual. Era la reedición de un estilo más cercano a la propaganda publicitaria que a la revolución política. El tipo de invitados, la inclusión de unos y la exclusión de otros, el diseño del escenario, el uso del telepronter, el formato mismo del mensaje, estaban hechos para lograr efectos, exclusivamente, mediáticos. Era difícil, en suma, creer que un conservador se hubiese convertido, de pronto, en un revolucionario.

 

Calderón sintetizó en diez puntos lo que han venido diciendo expertos nacionales e internacionales, desde que estalló la crisis financiera en Estados Unidos, sobre el agotamiento de las fórmulas neoliberales. Hace un año los ex jefes de Estado, Felipe González, Romano Prodi, Julio María Sanguinetti y Ricardo Lagos vinieron a decirle al gobierno mexicano que era urgente el cambio de modelo y la respuesta de las autoridades fue la indiferencia y el silencio. Calderón no quería ruido, sino ganar elecciones.

 

El Tercer Informe es un documento desarticulado y superficial que está lejos de ser una propuesta de proyecto de nación. No hay un hilo conductor que permita la sistematización y la vinculación lógica entre lo político, lo económico y lo social. Su oferta económica es pobre y sigue siendo meramente asistencialista. En ninguna parte habla de la necesidad de reconstruir las cadenas nacionales de producción, para que el país logre la autosuficiencia en materia alimentaria e industrial. Se queja de la disminución de exportaciones a Estados Unidos, reconoce que el 80 por ciento de los productos mexicanos van a ese país, pero tampoco propone la diversificación en comercio exterior como lo ha hecho Brasil.

 

Calderón dijo mucho y al mismo tiempo no dijo nada. Propuso y no propuso en el fondo. Lo que en realidad quiso decir el Presidente a los mexicanos es que la carrera por el 2012 ya comenzó.