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Un ‘bandolero’ en tiempo de bandoleros


Editorial Revista Siempre!

 

La desesperación política de Germán Martínez Cázares tiene un origen muy concreto que lo ha llevado a mostrar no sólo la pobreza de su talento sino un espíritu burdo y vulgar. Sin embargo, no por ello deja de ser peligroso. Su lengua insidiosa —como la de un sacerdote inquisitorial— que lanza acusaciones sin pruebas ni sustento, en un país de sospechas, falto de confianza y credibilidad, puede comenzar a tener efectos a favor del PAN.

El recurso es más elemental de lo que se cree. Se utiliza en los pueblos, en las vecindades. Es el rumor, la superchería, que cunde y prende en medio de la desinformación y la ignorancia. Es la Inquisición que lleva a la hoguera, lo mismo a mujeres acusadas de brujas que a hombres sospechosos de ser herejes, y por lo tanto de tener pacto con el diablo.

Hasta hace algunos meses, para la sociedad, quien había fracasado en la lucha contra el crimen organizado era el gobierno federal. Hoy, en cambio, la propaganda panista, a partir de una estrategia primitiva, pero simple y clara, ha comenzado a producir dudas, a crear la percepción de que la responsabilidad política de la violencia la tienen los gobernadores del PRI, sus ediles, candidatos y legisladores, porque tienen vínculos con el crimen organizado.

El juego retórico de Germancito Punto Com demuestra que para el PAN de Felipe Calderón el 2009 es una guerra, no una elección. Los parámetros normales de las contiendas electorales están rotos. Se recurre a todo. Por eso, Martínez Cázares se comporta —como lo dijo Manuel Espino— como un bandolero. Un bandolero en tiempo de bandoleros. Un dirigente de partido que adopta —a pesar de su actitud de sacerdote del Santo Oficio— la misma mentalidad y el modus operandi de ese delincuente que escribe narcomantas en contra del Ejército, la policía y los jueces, para ver si —como dicen los jóvenes— “es chicle y pega”.

Martínez Cázares se encuentra muy a tono con la cultura del narcotráfico. Sin embargo, eso no significa que sus discursos no puedan calar. A través de él, el gobierno, y específicamente el presidente Calderón, ha colocado el procedimiento electoral del PAN sobre la mesa. Hoy son dichos, mañana, el “sumo sacerdote” dirá que tiene pruebas, expedientes, videos, audios y lo que es peor consignaciones y sentencias.

No por nada, con absoluto desparpajo e irresponsabilidad, una legisladora de Acción Nacional acaba de soltar a la prensa: “Nosotros hemos sabido, sin tener realmente pruebas, que la narcopolítica está en el PRI desde hace muchos años”.

¿Y el PRI, qué pruebas tiene? Es cierto que no se trata de limpiarse con el mismo papel que usa Martínez Cázares, pero como en toda guerra, a ese partido le hace falta una estrategia. Un war-room, dirían los norteamericanos, encargado de reunir, clasificar, analizar y construir “tiros de precisión” contra los ocho años que lleva la derecha en el poder.

Los priístas tienen en el 2009 y en el 2012 un desafío no sólo electoral sino de mentalidad. ¿Podrán entender que ya no son poder? ¿Que difícilmente obtendrán la mayoría en la Cámara de Diputados si se atienen a los fracasos económicos y sociales del gobierno federal, a la crisis global o a la influencia que tienen los 16 gobernadores del PRI en sus estados?

La cultura del no decir o del contestar con eufemismos, propio del PRI más tradicional, se encuentra en desventaja frente a una sociedad eminentemente mediática, escéptica del pasado, y una estrategia electoral diseñada y operada —como bien dijo Espino— por bandoleros.

¿Qué es un bandolero? El diccionario de sinónimos dice: bandido, malhechor, salteador, ladrón, caballista, cuatrero, facineroso, criminal, gángster. Si ése es el currículum del presidente del PAN —dicho por su antecesor— todo se puede esperar.

P.D. Llama poderosamente la atención el perfil moral de los hombres que están más cerca de Los Pinos.