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Violencia michoacana: diálogo entre Gómez

 

MIGUEL ÁNGEL GRANADOS CHAPA / Revista Proceso
 

Uno de los lugares comunes del poder social dominante, para fingir una unidad no afectada por la lucha de clases y de intereses, era definir a la sociedad como "la gran familia mexicana". La televisión sigue utilizando esa denominación engañosa, que al mismo tiempo encierra el propósito de homogeneizar lo heterogéneo. No es verdad que seamos esa gran familia. Pero sí lo es que ya tenemos entre nosotros a una Famiglia, en el sentido que se da a las porciones delincuenciales de migrantes italianos en ciudades norteamericanas en siglos pasados. Consciente quizá de esa filiación, la más notoria banda de la criminalidad organizada, surgida en Michoacán hace apenas un par de años, se hace llamar precisamente La Familia.

 

No es sólo un grupo que corresponda a la definición legal de la delincuencia organizada. Quizá se aproxima en mayor medida a la noción introductoria a su tema utilizada por Salvatore Lupo en su Historia de la mafia, un formidable Breviario del Fondo de Cultura Económica: "Puede  referirse  a la influencia de lobbies, asociaciones secretas o aparatos estatales desviados; también indica una relación estrecha entre política, negocios y criminalidad; una ilegalidad o corrupción difusa; una mala costumbre hecha de favoritismo, clientelismo, fraude electoral, incapacidad de aplicar la ley en forma imparcial".

 

La Familiaexiste probablemente hace mucho tiempo. Su vasta infraestructura, su capacidad de fuego, su eficaz organización no se logran de la noche a la mañana. Resultan de un proceso de acumulación que reclama el paso de los años. Pero su efusión es reciente. Antecedió por pocos días a la declaración de guerra formulada por el gobierno federal en diciembre de 2006, que estableció en Michoacán su primer escenario. Ya se había conocido la crueldad de esa banda, que introdujo una atroz táctica punitiva, la decapitación de sus víctimas. En una de sus acciones más espectaculares, cinco cabezas fueron arrojadas al centro de un cabaret en Uruapan. Pero no se sabía que hubiera concebido una suerte de declaración de principios. La dio a conocer en vísperas de la asunción del gobierno calderonista. En una táctica que acaso revela filtraciones en el gobierno que apenas estaba por iniciarse, La Familiahizo pagar desplegados en la prensa michoacana el 22 de noviembre de 2006, dos semanas antes de que se lanzara el Operativo Michoacán, que en estos días reúne ya 10 mil efectivos, militares y policiacos, tantos como los que por meses patrullaron  Ciudad Juárez sin haber conseguido la erradicación de la violencia y sí irritado a buena parte de la población.

 

La Familiamichoacana proclamó en aquel entonces una exclusividad delincuencial chovinista, aldeana. No se permitiría que bandas criminales llegaran a esa entidad. Quedaba prohibida, por lo tanto, la práctica de delitos graves como el asesinato, el secuestro, la extorsión, robo de camiones de carga y de casas habitación. La gama de delitos vitandos era tan amplia que incluía la veda de vinos adulterados. "Quizá en este momento la gente no entienda –proclamaba el mensaje pagado– pero sabemos que las regiones más afectadas comprenden nuestras acciones, ya que es posible combatir a estos delincuentes". En complemento, La Familiaanunciaba la distribución de despensas en municipios de Tierra Caliente, así como el reparto de "literatura" y la construcción de aulas. La obra material se ha cumplido, con notable mejoría de los sistemas de riego y de almacenamiento de productos agropecuarios, como concreción de esta voluntad al mismo tiempo munífica y destructora.

 

A despecho de la ofensiva en su contra, La Familiaha prosperado, y ha extendido sus operaciones a otras entidades, sobre todo el Estado de México. Su combate violento a otras bandas ha caracterizado el paisaje social en no pocas poblaciones michoacanas. Para batir su poder político, y aunque fuera obrando a tientas, el gobierno federal apresó a fines de mayo a decenas de alcaldes y funcionarios municipales y del estado, por sus vínculos con esa organización que, en otro episodio cruento de los días michoacanos que corren, no sólo se deslindó del atentado contra la población civil en la Noche del Grito pasada, sino que puso a disposición de las autoridades a los presuntos autores del irracional ataque.

 

La semana pasada (en que también se supo que un hermano del gobernador Leonel Godoy, elegido diputado federal apenas el 5 de julio, iba a ser aprehendido) La Familiadio dos pasos adelante que significan un vuelco en su desarrollo. Hasta ese momento, con algunas excepciones, su capacidad de fuego se había dirigido a contener y aun destruir a las bandas rivales. El viernes 10 tuvo lugar uno de esos episodios. Pero a partir del día siguiente el blanco de la energía letal de La Familiafue la policía federal, culpable de haber detenido a Arnoldo Rueda, que lleva el extraño mote de La Minsa. No se sabe si pretendieron rescatarlo o asesinarlo, en cualquier caso para evitar que hiciera revelaciones. En operaciones simultáneas fueron atacadas instalaciones de ese cuerpo (hasta seis en un día y hasta ocho en otro) al que se le asestaría después un golpazo brutal: 12 de sus miembros fueron asesinados con sevicia, previa tortura igualmente cruel, en castigo por haberse infiltrado en las filas de la banda, en sus funciones de agentes de inteligencia.

 

Encarado así el poder del estado, La Familia quiso colocarse al tú por tú frente al gobierno. Uno de sus jefes, Servando Gómez, apodado La Tuta, simplemente tomó el teléfono y a través de un programa local de televisión, al mismo tiempo que rindió parias al presidente de la República, le ofreció pactar la paz en Michoacán, después de un diálogo al que lo convidaba. Incluyó en su oferta una denuncia, surgida antes desde diversas fuentes, pero jamás escuchada, contra el secretario Genaro García Luna, culpable al menos de la desorganización de las fuerzas policiacas a sus órdenes, según testimonio de sus propios subalternos, a quienes se lanza a una guerra sin bastimentos ni convicción.

 

    Con ingenuidad asombrosa, el secretario de Gobernación entabló esa misma noche, con la apariencia de lo contrario, un diálogo con su tocayo, de Gómez a Gómez. Fernando Gómez Mont, sin asegurarse de que su presunto interlocutor, Servando Gómez, era en realidad quien dijo ser, le confirió personalidad al dar por recibida su propuesta y negar que hubiera posibilidad alguna de pacto. De haberla, pensamos por nuestra parte, no se expresaría a los cuatro vientos sino con el sigilo con que tal vez antaño se procedía.

 

Luego de esos lances llegaron refuerzos a Michoacán. No es seguro que el curso de los acontecimientos se modifique con más tropas. Hace falta desplegar otras tácticas contra la delincuencia organizada, sobre todo obturando los canales por las que hacen entrar al circuito legal sus dineros mal habidos. Y sobre todo aplicando una política social que haga al Estado competidor eficaz de esos benefactores malévolos que forman La Familia.