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Zelaya: un Fox hondureño

 

 


Editorial Revista Siempre!

La personalidad del defenestrado presidente de Honduras, Manuel Zelaya, explica en gran parte lo que sucede en ese estratégico país centroamericano. Se trata, sin duda, de un típico político folclórico latinoamericano, mesiánico y oportunista, inculto y ambicioso, deslumbrado con el poder, cuya psicología —y no su origen socioeconómico o convicción ideológica— lo acercó al siempre exultante presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

 

Se trata de un Fox-Zelaya que se disfraza con botas, sombrero y tres pistolas —según confesó— para construir la imagen en televisión de un mandatario campirano, macho, valentón, dispuesto a romper todo tipo de paradigmas y a “hacer la revolución si es necesario”, aunque sólo haya hecho fintas cuando amenazó con entrar a su país por la fuerza desde Nicaragua.

 

El depuesto mandatario tiene más visos de actor que de un auténtico político vanguardista como pretende serlo. Y es que su biografía lo contradice a cada momento. Nació en el seno de una familia acomodada e ingresó a la política a través del Partido Liberal, un partido de derecha gracias al cual fue tres veces diputado e integrante del gobierno de Carlos Roberto Flores Facussé, un poderoso dueño de periódicos, formado en Estados Unidos y casado con una norteamericana.

 

Es decir, el socialismo se le apareció de pronto a Zelaya con rostro de petróleo venezolano. De acuerdo a notas periodísticas, suscribió en 2008 con Venezuela un convenio que le permitió comprar hidrocarburos a crédito y bajar la tensión social y política provocada por el sistema de transporte hondureño que había amenazado con paros si no se aprobaba una nueva rebaja de combustibles.

 

Zelaya, entonces, es un político práctico que le abrió a Chávez las puertas de Honduras a cambio de recibir apoyo económico. Esa es la fórmula que ha utilizado el mandatario venezolano con otros países del hemisferio a través de su famosa Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), de la cual son miembros Ecuador, Bolivia, Cuba, Dominicana, Honduras, Nicaragua, San Vicente, las Granadinas, Antigua, Barbuda y la propia Venezuela, que tiene como propósito expandir el socialismo chavista y expulsar a Estados Unidos de la región.

 

La gran pregunta que hoy se hacen muchos es ¿por qué el presidente mexicano, Felipe Calderón, rinde honores a Zelaya como presidente de Honduras cuando es un alfil en el tablero del ajedrez de Chávez? ¿O si Calderón no ha cometido un error al desvincularse públicamente de la filiación política que existe entre el hondureño y el venezolano?

 

La posición de México ante el gobierno y el presidente sustituto de Honduras, Roberto Micheletti, ha sido tan ambigua como la de Washington. Ambos países consideran que ha habido una “ruptura constitucional” —como lo señaló Calderón— o “un grave precedente” —como lo señaló Barack Obama—, pero ni uno ni otro emiten una censura abierta y directa contra Micheletti. Y al mismo tiempo que no existe la decisión de aislar diplomática, comercial y militarmente a Honduras, se hace un reconocimiento verbal a la investidura de Zelaya.

 

Tal parece que Calderón ha decidido acompañar a Obama en una estrategia doble, engañosa, que puede resultar costosa, cuando menos, para México. Han elegido como táctica subirse al tablero chavista donde está Zelaya para, en lugar de patearlo, ir alejando poco a poco al hondureño de la red de intereses que ha tejido con Chávez. La inusual mesura de Washington muestra no sólo una forma distinta de manejar la política exterior de Estados Unidos —quizás por la crisis económica que enfrenta— sino la importancia que ha adquirido el poder desestabilizador del venezolano en la región.

 

Enviar marines a Honduras como en los viejos tiempos para tirar a un mandatario que aceptó fungir como “portero” del chavismo en Centroamérica, hubiera significado iniciar una cadena de declaratorias de guerra de cuando menos cinco países —los mismos que integran el ALBA— en contra de los intereses de Estados Unidos en la zona. El mismo Chávez lo advirtió: “Si ponen a otro yo lo derroco”.

 

Por supuesto que Zelaya violó la Constitución de su país para intentar reelegirse, tal y como lo hizo su jefe político en Venezuela, y tal y como ha comenzado a hacerlo Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua. Quienes hoy defienden a Zelaya en México, son los mismos que acostumbran tomar  las calles y la tribuna del Congreso para defender el principio constitucional de la no reelección. Hoy, sin embargo, ven en el hondureño la reencarnación de un libertador.

 

Pero, el gobierno mexicano se ha metido, evidentemente, en un enredo. Al final de la historia ni va a quedar bien con la izquierda latinoamericana, encabezada por Chávez, ni con el nuevo gobierno hondureño al que ya calificó de ilegal. Estados Unidos terminará apoyando —como lo ha hecho seguramente desde que se diseñó la estrategia para deponer a Zelaya— la renovación del gobierno hondureño, y México quedará inevitablemente como un simulador barato si no es que como un tonto.

 

Calderón ya comenzó a pagar los costos de su error. Zelaya, gracias a esa mezcla de ignorancia y oportunismo, de mesianismo primitivo y folclor latinoamericano, decidió —¿por qué no?— elogiar al principal enemigo político de su anfitrión, Andrés Manuel López Obrador, con una frase digna de recibir el premio guinness: “En estos países —así se despidió de México— es mejor sentirse presidente que serlo”.  Salud.